PERSIGUIENDO A JUNIOR
—“…desde la gripe española ha habido siete grandes amenazas respiratorias globales.
Cuatro han empezado en los últimos veinticinco años.”
Junior levantó la vista de la tablet.
—Entonces habrá más.
El vídeo siguió.
—¿No va a responder?
—¿Quién? —preguntó su madre desde la cocina.
—El señor.
—No te oye.
—Ah.
Junior siguió mirando la pantalla.
—Pues debería responder.
Aquella semana descubrió que el aire tenía números.
Y decidió averiguar los suyos.
—Mamá.
—Qué.
—Necesito un monitor del aire.
—No.
Al día siguiente volvió.
—Mamá.
—No.
—Todavía no te he preguntado.
—Ya sé qué vas a preguntar.
—Necesito un monitor del aire.
—No.
Al tercer día apareció con una libreta.
—¿Qué es eso?
—Razones para comprar un monitor del aire.
—No.
—También tengo razones para no comprarlo.
—¿Y?
—La lista buena gana por trece a dos.
—No voy a discutir con una libreta.
—Entonces voy ganando.
Al cuarto día volvió con la libreta.
—¿Y ahora?
—Los días de colegio que me he perdido por estar malo.
Y tú de tu trabajo por llevarme al médico.
Al quinto día apareció con un cálculo hecho con IA.
—¿Y eso?
—Las notas que habría sacado si hubiera faltado menos.
Y si el aire estuviera bien.
Al sexto día, durante la cena, el padre vio una caja encima de la mesa.
—¿Eso qué es?
—El monitor del aire.
—¿Se lo has comprado?
—Sí.
—¿Y cuánto ha costado?
—Trescientos euros.
Silencio.
—¿Trescientos?
—Trescientos.
Junior estaba mirando una aplicación llena de mapas, colores y numeritos.
—¿Y para qué te sirve?
—Para saber dónde quiero estar.
—¿Y dónde quieres estar?
—Donde se esté bien.
El padre miró a la madre.
—Qué hijoputa más salao.
—Sí.
—Mucho.
Dos días después Junior miró el monitor.
1.300.
Levantó la mano.
—¿Qué pasa?
—Hay mil trescientas.
—¿Mil trescientas qué?
—Partes por millón.
La profesora suspiró.
Abrió una ventana.
Luego otra.
—¿Ves? Ya está.
Junior miró la temperatura.
18 grados.
Cogió la mochila.
—¿Dónde vas?
—Al pasillo.
—¿Por qué?
—Porque hace frío.
—Pero hemos arreglado el CO₂.
—No saldrá bien.
—No se puede tener todo.
—Ah.
Y salió.
Al día siguiente volvió a salir.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
Una semana después había cuatro niños en el pasillo.
Dos semanas después había doce.
Tres semanas después había treinta.
La clase se daba en el pasillo.
—¿Por qué seguís aquí?
—Imposible negociar con Junior.
—Junior, ¿por qué tienes que venir al pasillo?
—Porque aquí se está mejor.
—¿Mejor cómo?
Junior levantó el monitor.
—¿Y en clase?
—Se está peor.
—Eso no es una respuesta.
—Sí lo es.
Poco después el pasillo también se llenó.
Junior cogió la mochila.
Y siguió caminando.
—¿Dónde vas ahora?
—A la biblioteca.
En la biblioteca ocurrió lo mismo.
—¿Dónde vas ahora?
—No lo sé.
—¿Qué buscas?
—Que se esté bien.
Los demás pensaban que Junior lideraba algo.
Junior estaba buscando aire.
Un día apareció en un museo.
Cuando el museo también se llenó, siguió caminando.
Hasta que llegó a un centro comercial medio vacío.
Uno de esos lugares que parecían esperar demolición o milagro.
Junior miró el monitor.
Temperatura correcta.
Aire limpio.
Y se quedó.
Los demás también.
—¿Por qué estamos aquí?
Junior levantó el monitor.
—Porque aquí nadie se quiere ir.
El centro comercial llevaba años vacío.
De pronto estaba lleno.
Una madre le hizo una foto.
Junior estaba sentado en el suelo.
Monitor en una mano.
Cuaderno en la otra.
La foto empezó a viajar.
Al día siguiente había dos mil estudiantes.
Una semana después era imposible contarlos.
Llegaron los periodistas.
Y los padres empezaron a preguntarle a su inteligencia artificial.
—Mi hijo se niega a entrar en clase por el CO₂.
—¿Qué nivel de CO₂ hay?
—Mil quinientas partes por millón.
—Eso no parece una buena condición para aprender.
—Coño.
Otro padre preguntó:
—Mi hija dice que se concentra mejor en un centro comercial.
¿No es absurdo?
—¿Cuánto CO₂ hay en el colegio?
—Mil seiscientas.
—¿Y en el centro comercial?
—Ochocientas.
—Parece racional.
—Tiene nueve años.
—Eso no modifica las mediciones.
—Coño.
Aquella conversación empezó a repetirse.
Y de pronto el país estaba hablando del aire inspirado y espirado.
Mientras tanto Junior seguía caminando.
Perseguido.
—¿Por qué haces esto?
—¿El qué?
—Lo de irte.
—Porque aquí se está mal.
—No. Lo otro.
—¿Qué otro?
—Lo del movimiento.
—¿Qué movimiento?
—La gente que te sigue.
Junior miró alrededor.
—Ah.
—¿No te das cuenta?
—Pensaba que iban al mismo sitio.
—¿Eres consciente de que te siguen millones de personas?
—Ya.
—¿Y?
—Mira el monitor.
Y entonces, por fin, ocurrió.
—Junior.
—Qué.
—Lo han arreglado.
Junior sacó el monitor.
Esperó.
Luz verde.
Sonrió.
—Ahora sí.
Y volvió a entrar.
Tiempo después, al terminar una clase, la profesora se acercó a su mesa.
—Hay quien dice que cambiaste la educación.
—No.
—¿No?
—Arreglaron el aire.
—Hay quien dice que eres neurodivergente.
—¿Qué significa eso?
—Que tu cerebro funciona de otra manera.
Junior observó el aula.
Miró el monitor.
Luz verde.
—¿Dices que están aquí dentro por mí?
—Creo que empezaron siguiéndote a ti.
Junior observó otra vez el monitor.
—No.
—¿No?
—Están aquí porque aquí se está bien.
La profesora se quedó callada.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
Junior miró la pizarra.
Suspiró.
—Estudiar.
—¿Nada más?
Junior observó la ecuación.
No podía huir del álgebra.
Maldijo las abstracciones.
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